Tenía la piel hecha un mapa blanco, marcada con todas las historias de todas las personas que la habían tocado y lastimado; tienía la piel llena de historias que acumulaba día a día, que ensayaba, que bailaba, que jugaba entre labios para contársela, cuando llegara el momento, a su primer nieta: reflejo cristalino de sus ojos grandes y su alma cansina.
14 marzo 2013
12 marzo 2013
En la empresa donde trabajo, hay una señora de limpieza que todos los días pasa ofreciendo golosinas, trae siempre las mismas bolsas: una llena con chicharrones y la otra con una variedad extraña entre golosinas saladas y dulces.
El día que llegó a ofrecer sus productos la miré extrañado, en mi corto periodo laboral nunca había conocido a alguien que ofreciera golosinas de lugar en lugar, con la misma sonrisa impresa en la boca y con el tino para saber qué gustos tiene qué persona; el día que llegó, arrastrada por una de sus compañeras [teníamos unos días de habernos mudado al nuevo edificio] lo primero que me ofreció fue una barra de dulces americanos con colores vibrantes.
Toda una ola de recuerdos vino a tirarse desde el recuerdo más lejano que pudiera tener de mi infancia. Recordé la casa de mi abuela materna, los juegos en la primara, las maromas que me daba entre las ramas de los árboles del jardín de casa de mi abuelo, las corretizas que nos ponían los perros que vivían cerca de la escuela donde estudié la primaria, mi madre embarazada de mi hermana menor, mi padre y sus heridas en los brazos, mi primer beso, la muerte de mi abuela y de mi tío, mi primer coche, y la primera vez que la miré a los ojos.
En cuanto destapé de forma atropellada el primer cuadro de dulce y lo puse frente a mi nariz para olerlo, recordé todo, y agradecí en silencio, con la nostalgia hecha nudo y viviendo feliz cómo está buenos días en mi cuello.
Mi madre vendía los mismos dulces de lugar en lugar en la oficina donde trabajaba. Fue una de las etapas más difíciles que hemos pasado como familia y de alguna manera confusa, ha sido una de las etapas más felices que recuerdo de toda mi vida.
08 marzo 2013
Pongo mis lentes a un lado de mi computadora. Para explicarlo mejor: Pongo mis lentes en el lado izquierdo de la computadora que temporalmente me han asignado en el trabajo.
Pongo mis lentes, una mezcla entre plástico, metal y grasa de mi cara que hábilmente se queda guardada entre las pequeñas piezas que los sostienen, en el lado opuesto a mi brazo diestro. Con las posibilidades anuladas en caso de siniestro nos tenemos que bajar rápido porque está temblando.
Se quedan ahí, volteados, junto a la taza blanca que tiene el fondo azul ridículo que se materializa en una pirámide maya cuando tiene café dentro, misma taza que está del mismo lado izquierdo, mismo lado izquierdo, mismo destino en caso de siniestro, vaya casualidad de posición y esperanza.
La mezcla entre plástico y metal espera paciente, apenas desesperada.
Pongo mis lentes, una mezcla entre plástico, metal y grasa de mi cara que hábilmente se queda guardada entre las pequeñas piezas que los sostienen, en el lado opuesto a mi brazo diestro. Con las posibilidades anuladas en caso de siniestro nos tenemos que bajar rápido porque está temblando.
Se quedan ahí, volteados, junto a la taza blanca que tiene el fondo azul ridículo que se materializa en una pirámide maya cuando tiene café dentro, misma taza que está del mismo lado izquierdo, mismo lado izquierdo, mismo destino en caso de siniestro, vaya casualidad de posición y esperanza.
La mezcla entre plástico y metal espera paciente, apenas desesperada.
06 marzo 2013
Por alguna razón [quizás la rutina que genera la edad], siempre coloco la taza de café entre el teclado de la computadora portátil y la orilla que hace las veces de curva donde plácidamente puedo acomodarme para quedar en el mejor lugar de todo el escritorio que ocupo para trabajar. A veces imagino que de mi nariz caen pedazos de mocos secos directo a la taza, algunas otras veces los imagino rebotando contra el borde de la blanca, desafiando su destino: algún papel arrugado dentro de un cesto de basura de un baño en algún tercer piso de cualquier edificio.
La citada taza tiene un grabado a la mexican style [qué bonito se lee en itálicas]: "Chichen Itzá, Cultura Maya, Cancún, México", presumiendo una serie de rayas acostadas que la hacen de pirámide, con fondo azul, cómo no, para amenizar con el pálido color del instrumento para tomar el agua negra que te regresa a la vida.
05 marzo 2013
Val.
No se me olvidan esos ojos, ni esa sonrisa perfecta, ni sus palabras acertadas, ni las noches que tocaba manejar hasta el cerro y bajar de nuevo.
De las personas con las que he compartido, no tengo ni la más remota duda [a pesar del cortísimo tiempo que tuvimos juntos], que ha sido el cariño más sincero que he tenido por alguien.
De las personas con las que he compartido, no tengo ni la más remota duda [a pesar del cortísimo tiempo que tuvimos juntos], que ha sido el cariño más sincero que he tenido por alguien.
Esta es la entrada 601 de este blog aburrido y personal, 600 posts atrás intenté plasmar las cosas que pasaban por mi cabeza en el día a día.
Sigo pensando que soy un vagabundo que golpea una caja de pizza creyendo que el fondo de ésta es un teclado y la tapa es la pantalla. Todo este juego imaginario se lo debo a la cantidad de grasa que dejo al final del día en todo mi espacio de trabajo, grasa de procedencia no conocida ya que lavo mis manos de manera regular y evito tocarme la cara a toda costa.
A veces creo que sí es real este juego imaginario, que voy colectando cosas para hacerme creer que es mi casa, que esta vereda es mi camino de todos los días, que esta piedra es mi teléfono, esta lata vacía mi taza del café, este periódico de hace dos años mi portafolios.
A veces creo que mi tiempo como vagabundo ya debe estar llegando a su fin en algún hospital, con un par de balas incrustadas entre los ojos.
Sigo pensando que soy un vagabundo que golpea una caja de pizza creyendo que el fondo de ésta es un teclado y la tapa es la pantalla. Todo este juego imaginario se lo debo a la cantidad de grasa que dejo al final del día en todo mi espacio de trabajo, grasa de procedencia no conocida ya que lavo mis manos de manera regular y evito tocarme la cara a toda costa.
A veces creo que sí es real este juego imaginario, que voy colectando cosas para hacerme creer que es mi casa, que esta vereda es mi camino de todos los días, que esta piedra es mi teléfono, esta lata vacía mi taza del café, este periódico de hace dos años mi portafolios.
A veces creo que mi tiempo como vagabundo ya debe estar llegando a su fin en algún hospital, con un par de balas incrustadas entre los ojos.
04 marzo 2013
27 febrero 2013
El estómago siempre está alerta a los sonidos que provienen del exterior, y afortunada o desafortunadamente logra comunicación por medio de olores, sonidos abruptos que terminan en la boca o en el ano, y cuando recibe o expulsa su alimento, en cualquiera de las configuraciones naturales, forzadas o laxas a las que sea sometido según el dueño del modelo del estómago en turno.
26 febrero 2013
Imagino que escribo esto mientras mis compañeros de trabajo escuchan el tecleo, plac, plac, plac, las comas, los espacios, los retornos, el sonido del ratón al pulsar guardar, el suave retroceso al pulsar delete.
Imagino que creen que escribo un justificante médico. O que le escribo un correo a mi novia, un correo cursi, lleno de corazones, de miel desbordada. Imagino que creen que escribo mi carta de renuncia por el malvado de mi ex jefe y un sinfin de razones sin meditar y que me llevaron a tomar la iniciativa, dejarlos solos, abandonados en nuestra jaula azúl llena de cantos de cumpleaños comprometidos, de café con sabor terrible, de olor a zapatos, axilas, nalgas sudadas y hediondo perfume para mujer y caballero. Los imagino esperando la noticia.
25 febrero 2013
Siempre que me siento a entrenarme para escribir bien, descubro un mundo terrible que está ahí afuera esperando a ser narrado. Todo se agolpa en las puntas de los dedos, entre los espacios de las teclas, en el grafito, en la madera de los lápices que utilizo como armas personales en esta guerra contra el vacío de letras.
Supongo que las ideas permanecen dormidas, que descansan plácidamente hasta que un golpeteo regular las despierta y se alistan todas con sus mochilas y provisiones por si pasan penas en el viaje. Seguro muchas de ellas quedan perdidas entre garabatos, teclazos y dibujos que regularmente terminan distribuidos en cualquiera de las dos libretas que utilizo para hacer los apuntes del día.
06 enero 2013
Tú.
Me propuse aprender a escribir como se debe, dejar que mis manos aprendan todos los caminos y secretos para que un día me dediques un sí.
25 noviembre 2012
Ojos.
De nuevo caigo en ese avismo que se forma cuando me quedo mirando fijamente las pupilas de la mujer que quiero. Brinco entre las pestañas, navego entre los mares blancos, tomo un descanso en la frontera del iris y los mares blancos, contemplo el abismo que se contrae, hórrido placer.
Me dejo caer.
Me dejo caer.
18 septiembre 2012
Estos días.
Me llevó minutos reconocerte en el recuerdo, en mi pasado y en lo que sigo buscando.
Sigues siendo inspiración.
Sigues siendo inspiración.
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