Por alguna razón [quizás la rutina que genera la edad], siempre coloco la taza de café entre el teclado de la computadora portátil y la orilla que hace las veces de curva donde plácidamente puedo acomodarme para quedar en el mejor lugar de todo el escritorio que ocupo para trabajar. A veces imagino que de mi nariz caen pedazos de mocos secos directo a la taza, algunas otras veces los imagino rebotando contra el borde de la blanca, desafiando su destino: algún papel arrugado dentro de un cesto de basura de un baño en algún tercer piso de cualquier edificio.
La citada taza tiene un grabado a la mexican style [qué bonito se lee en itálicas]: "Chichen Itzá, Cultura Maya, Cancún, México", presumiendo una serie de rayas acostadas que la hacen de pirámide, con fondo azul, cómo no, para amenizar con el pálido color del instrumento para tomar el agua negra que te regresa a la vida.
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