22 abril 2013

La Habana 2.

Nos moríamos de sueño en el taxi que nos llevaría al aeropuerto, era tal el cansancio que no notamos el momento en el que cruzamos la calzada Zaragoza ni la zona de caos del metro Pantitlán, simplemente llegamos a la zona de internacionales de la Terminal 1 y prestos llegamos a procurar nuestras caras desganadas. Después de lavarnos los brazos y quitarnos las lagañas de la noche que todavía no terminaba, comenzamos a preguntar por el módulo de Cubana de Aviación SA. Quedaba hasta el final del pasillo donde nos dejaron y a trotar, que se nos hacía tarde para documentar maletas, comprar la visa, llenar los formatos de migración y pedirle a todos los santos que el vuelo no se retrasara como había estado pasando días antes, según nos enteramos por las noticias.

Documentamos, nos quitamos los cinturones, monedas, cables, pasaportes y cualquier cosa con metal para poder pasar a la zona donde nos aíslan del mundo y se convierte, paradójicamente, en zona internacional. Usamos el tiempo que nos quedaba en ir a desayunar algo a vuelos nacionales, (porque sale más barato y qué oso pagar unos pinches huevos de 200 pesos) y también comprar alguna que otra madre para el camino.

Estaba angustiado, realmente angustiado porque un día antes me habían cortado la línea de entrada de mi teléfono, según por pasar mi límite de crédito. Un día antes me armé de un teléfono de chiclitos y con ese pude hacer un par de llamadas para avisar que ya me iba y gracias a la red libre que hay en el aeropuerto pude comunicarme con Sara para decirle que la quería mucho, que confiara y que ya me iba por cigarros.

Fieles a nuestra costumbre corporal, tuvimos que hacer comunión a las ocho de la mañana en los baños de nacionales, estábamos un poco apurados porque el boleto estaba marcado para abordar las 8:15 y nuestro vuelo se supone despegaría a las 8:45.

No satisfechos, tuvimos que correr de nuevo a nuestra sala en internacionales, sentarnos a ver qué era lo que pasaba y preguntarle a una de las asistentes de Cubana el por qué del retraso. "Es común", nos dijo.

Dieron las nueve de la mañana. Hubiera tenido el tiempo perfecto para ir a pagar mi línea, llamar más tiempo con Sara y poderme despedir a gusto de mi gente, pero no se pudo, teníamos que esperar, que el vuelo que iba hacia Estados Unidos en la sala contigua era prioritario y que el avión de Cubana no se podía acercar al avión de American, eternas disputas entre lo que es bueno y lo que no.

Los pases de abordar los traía yo porque a Pino se le ocurría perderlos en cada mostrador. Los presentamos, abordamos, nos sentamos en lugares distintos y no perdimos oportunidad para divertirnos con los comentarios racistas de una gringa que se quejaba de los japoneses y su necesidad de detener la fila de gente para poder meter su equipaje de mano en el maletero.

Fue un viaje relativamente tranquilo, el desayuno fue un pan con jamón, galletas, café con crema francesa y una mantecada riquísima, todo esto acompañado con las instrucciones en inglés y español salidas con tono cubano de las bocinas internas del avión.

He tenido aterrizajes complicados, muy complicados, con lluvia, con la pista congelada, con muchísimo viento, con neblina, etc. No sabía que aterrizar un avión ruso fuera tan difícil. Nos fuimos de pique hacia la pista de aterrizaje y por poco nos damos en toda la madre, vimos clarito cómo nos íbamos hacia adelante y que apenas en unos segundos, el piloto pudo aterrizarlo. Todavía no entiendo por qué pasó eso si no había corrientes de aire, ni calor para quitarle estabilidad al avión, ni neblina, ni nada. Aplaudimos.

Pasamos por migración, que la foto, que las huellas, que la seguridad de La Revolución, que el seguro de gastos médicos, que si teníamos ideas en contra de Castro, que el castigo del 20% al dolar, bienvenidos a Cuba.



09 abril 2013

La Habana

Horacio me llamó hace justo un mes y una semana para decirme que estaba muy emocionado por uno de los viajes recientes que había hecho a la isla. Entre sus miles de anécdotas y su necesidad por decirme que soy un pendejo (que en realidad lo soy), me convenció para tomar maletas y comprar los boletos que nos llevarían a cruzar el Golfo de México y llegar a lo desconocido y empaparme de un país lleno de ron, cigarros y café.

La primera impresión que tuve fue de desconfianza; la aerolínea no tenía en funcionamiento su sistema de compra de boletos por internet (oh, ironía) y tuve que ir a comprarlos en efectivo a sus oficinas en Polanco. Todo esto creó una serie de eventos desafortunados que me llevaron a cancelar mi tarjeta de débito, pedir una reposición inmediata y hacer mil trámites antes de poder sacar mi humilde dinero del banco. Salí con la mirada apuntando a todos lados, con la mano derecha protegiendo mi bolsillo del pantalón y con la otra mano resguardando el folder con los pasaportes y la dirección de la casa que habíamos visto unos días antes. (De la cual platicaré en el siguiente post). 

La espera duró un mes exacto, con todas las dudas en el aire, sin saber si habían capturado bien nuestros nombres en la oficina de la aerolínea y sin un boleto de abordar impreso en las manos, nos subimos al taxi que nos llevaría al aeropuerto, justo el 28 de marzo a las 4 de la mañana.

Una noche antes, para hacer las cosas bien, pasé a ver a Sara, platicamos un rato, nos confiamos el uno al otro la estabilidad de la relación, nos abrazamos y besamos tanto como pudimos, y la dejé, con un nudo en la garganta, en la barra de la cafetería donde trabaja. Enseguida le llamé a Horacio, pasé a comprar las cosas que hacían falta para nuestro viaje, y llegué a mi departamento para terminar de arreglar la maleta que me haría compañía cinco días, con sus noches.

Esa misma noche, fuimos a cenar tacos para celebrar nuestra última comida mexicana en días y regresamos a su casa caminando con los nervios previos al viaje, platicando tonterías por la calle vacía, preguntándonos quién de los dos está más pendejo, sintiendo las cosquillas que lo inexplorado te causa en la punta de los dedos.

Apenas pude dormir un par de horas, después de intentar desbloquear teléfonos para poder usarlos sin la guillotina de los planes de postpago mexicanos, cosa que no sucedió. Él no durmió, dejó para el final su maleta y preparar algunos regalos que tenía que hacer. Pedimos un taxi a un sitio cercano y esperamos a que el reloj avanzara.

El taxista fue puntual. A las cuatro de la mañana en punto partimos con los ojos hinchados, el cabello sucio y las maletas llenas de ropa y regalos a nuestro viaje. Al gran viaje a La Habana. 


08 abril 2013

Pasé toda la noche tomando su mano.