16 mayo 2013

La Habana 3.


Logramos pasar el control migratorio después de un rato de estar lidiando con mulatos atléticos. Horacio y yo nos sentimos aliviados después de tanto trámite y con la tranquilidad de contar con un seguro médico que cubriría un eventual accidente. (Esta línea la puse por pura mamonería, la verdad es que estábamos despertando).

Nos recibió el calor y la humedad de la isla justo en el momento en el que cruzamos la zona donde nos preguntaron si teníamos ganas de acabar de una vez por todas con la revolución, corrimos por el equipaje a una de las dos bandas que tiene la T3, y salimos a la verdadera Cuba, a la del ron y el tabaco, a la Cuba de la gente culta, la Cuba que me tocó conocer. 

Abrazos, presentaciones y este es el amigo que nos va a llevar al departamento que rentaron. Fuimos a cambiar pesos mexicanos por CUC para pagar el viaje a la capital. (es más barato cambiar en la ciudad que en el aeropuerto).

Una de mis primeras impresiones en la isla fue notar la evidente huella soviética: los edificios, el trazado de las calles, la decoración urbana, los ladas, las motocicletas con lugar para otra persona, etcétera. Todo esto mezclado con el olor a caña de la isla, los chevys que se quedaron atrapados en el tiempo, el viento pegándonos en la cara y la música con la que recorrimos la avenida Rancho Boyeros.

Vimos de lejos el memorial a José Martí, seguimos con rumbo fijo a la que sería nuestra casa en la calle I de Vedado. Como traíamos billetes "grandes" tuvimos que comprar un Havana por 7 CUC y despedir al amigo que se llevó un buen bono por el trayecto. Subimos a conocer a nuestra casera. Nos aconsejó no llevar gente a la casa sin previo registro de ID, nos guardó los pasaportes (recomendado por ella) y ya acomodados abrimos la botella, se presentaron ante mi las verdaderas cubas libres y después de un rato de platicar sobre las diferencias del uso del lenguaje y educarnos sobre las palabrotas que no podíamos decir en público, nos aventuramos a buscar un restaurante estatal.



22 abril 2013

La Habana 2.

Nos moríamos de sueño en el taxi que nos llevaría al aeropuerto, era tal el cansancio que no notamos el momento en el que cruzamos la calzada Zaragoza ni la zona de caos del metro Pantitlán, simplemente llegamos a la zona de internacionales de la Terminal 1 y prestos llegamos a procurar nuestras caras desganadas. Después de lavarnos los brazos y quitarnos las lagañas de la noche que todavía no terminaba, comenzamos a preguntar por el módulo de Cubana de Aviación SA. Quedaba hasta el final del pasillo donde nos dejaron y a trotar, que se nos hacía tarde para documentar maletas, comprar la visa, llenar los formatos de migración y pedirle a todos los santos que el vuelo no se retrasara como había estado pasando días antes, según nos enteramos por las noticias.

Documentamos, nos quitamos los cinturones, monedas, cables, pasaportes y cualquier cosa con metal para poder pasar a la zona donde nos aíslan del mundo y se convierte, paradójicamente, en zona internacional. Usamos el tiempo que nos quedaba en ir a desayunar algo a vuelos nacionales, (porque sale más barato y qué oso pagar unos pinches huevos de 200 pesos) y también comprar alguna que otra madre para el camino.

Estaba angustiado, realmente angustiado porque un día antes me habían cortado la línea de entrada de mi teléfono, según por pasar mi límite de crédito. Un día antes me armé de un teléfono de chiclitos y con ese pude hacer un par de llamadas para avisar que ya me iba y gracias a la red libre que hay en el aeropuerto pude comunicarme con Sara para decirle que la quería mucho, que confiara y que ya me iba por cigarros.

Fieles a nuestra costumbre corporal, tuvimos que hacer comunión a las ocho de la mañana en los baños de nacionales, estábamos un poco apurados porque el boleto estaba marcado para abordar las 8:15 y nuestro vuelo se supone despegaría a las 8:45.

No satisfechos, tuvimos que correr de nuevo a nuestra sala en internacionales, sentarnos a ver qué era lo que pasaba y preguntarle a una de las asistentes de Cubana el por qué del retraso. "Es común", nos dijo.

Dieron las nueve de la mañana. Hubiera tenido el tiempo perfecto para ir a pagar mi línea, llamar más tiempo con Sara y poderme despedir a gusto de mi gente, pero no se pudo, teníamos que esperar, que el vuelo que iba hacia Estados Unidos en la sala contigua era prioritario y que el avión de Cubana no se podía acercar al avión de American, eternas disputas entre lo que es bueno y lo que no.

Los pases de abordar los traía yo porque a Pino se le ocurría perderlos en cada mostrador. Los presentamos, abordamos, nos sentamos en lugares distintos y no perdimos oportunidad para divertirnos con los comentarios racistas de una gringa que se quejaba de los japoneses y su necesidad de detener la fila de gente para poder meter su equipaje de mano en el maletero.

Fue un viaje relativamente tranquilo, el desayuno fue un pan con jamón, galletas, café con crema francesa y una mantecada riquísima, todo esto acompañado con las instrucciones en inglés y español salidas con tono cubano de las bocinas internas del avión.

He tenido aterrizajes complicados, muy complicados, con lluvia, con la pista congelada, con muchísimo viento, con neblina, etc. No sabía que aterrizar un avión ruso fuera tan difícil. Nos fuimos de pique hacia la pista de aterrizaje y por poco nos damos en toda la madre, vimos clarito cómo nos íbamos hacia adelante y que apenas en unos segundos, el piloto pudo aterrizarlo. Todavía no entiendo por qué pasó eso si no había corrientes de aire, ni calor para quitarle estabilidad al avión, ni neblina, ni nada. Aplaudimos.

Pasamos por migración, que la foto, que las huellas, que la seguridad de La Revolución, que el seguro de gastos médicos, que si teníamos ideas en contra de Castro, que el castigo del 20% al dolar, bienvenidos a Cuba.



09 abril 2013

La Habana

Horacio me llamó hace justo un mes y una semana para decirme que estaba muy emocionado por uno de los viajes recientes que había hecho a la isla. Entre sus miles de anécdotas y su necesidad por decirme que soy un pendejo (que en realidad lo soy), me convenció para tomar maletas y comprar los boletos que nos llevarían a cruzar el Golfo de México y llegar a lo desconocido y empaparme de un país lleno de ron, cigarros y café.

La primera impresión que tuve fue de desconfianza; la aerolínea no tenía en funcionamiento su sistema de compra de boletos por internet (oh, ironía) y tuve que ir a comprarlos en efectivo a sus oficinas en Polanco. Todo esto creó una serie de eventos desafortunados que me llevaron a cancelar mi tarjeta de débito, pedir una reposición inmediata y hacer mil trámites antes de poder sacar mi humilde dinero del banco. Salí con la mirada apuntando a todos lados, con la mano derecha protegiendo mi bolsillo del pantalón y con la otra mano resguardando el folder con los pasaportes y la dirección de la casa que habíamos visto unos días antes. (De la cual platicaré en el siguiente post). 

La espera duró un mes exacto, con todas las dudas en el aire, sin saber si habían capturado bien nuestros nombres en la oficina de la aerolínea y sin un boleto de abordar impreso en las manos, nos subimos al taxi que nos llevaría al aeropuerto, justo el 28 de marzo a las 4 de la mañana.

Una noche antes, para hacer las cosas bien, pasé a ver a Sara, platicamos un rato, nos confiamos el uno al otro la estabilidad de la relación, nos abrazamos y besamos tanto como pudimos, y la dejé, con un nudo en la garganta, en la barra de la cafetería donde trabaja. Enseguida le llamé a Horacio, pasé a comprar las cosas que hacían falta para nuestro viaje, y llegué a mi departamento para terminar de arreglar la maleta que me haría compañía cinco días, con sus noches.

Esa misma noche, fuimos a cenar tacos para celebrar nuestra última comida mexicana en días y regresamos a su casa caminando con los nervios previos al viaje, platicando tonterías por la calle vacía, preguntándonos quién de los dos está más pendejo, sintiendo las cosquillas que lo inexplorado te causa en la punta de los dedos.

Apenas pude dormir un par de horas, después de intentar desbloquear teléfonos para poder usarlos sin la guillotina de los planes de postpago mexicanos, cosa que no sucedió. Él no durmió, dejó para el final su maleta y preparar algunos regalos que tenía que hacer. Pedimos un taxi a un sitio cercano y esperamos a que el reloj avanzara.

El taxista fue puntual. A las cuatro de la mañana en punto partimos con los ojos hinchados, el cabello sucio y las maletas llenas de ropa y regalos a nuestro viaje. Al gran viaje a La Habana. 


08 abril 2013

Pasé toda la noche tomando su mano.

20 marzo 2013

Entiendo que esto llamado vida es una suerte de azar arreglado por un señor que nos mira desde lo alto, con su barba blanca y su bastón enorme sostenido por su mano derecha.

Imagino un gran estadio, lo suficientemente grande para darle lugar a cada uno los humanos que ha tenido la capacidad mental de darle vida a un dios judeo-cristiano. Los imagino gritándole, rogándole indulgencia, perdón, escudriñando cada uno de sus movimientos, esperando formar parte de su campo visual angustiado, harto de ver junta a toda su creación creada creyente. Lo imagino ahí, cansado de mirar, con los pies puestos en tierra no fertil, levantando polvo tras sus pasos.

Imagino al mismo dios y a la gente en estado de shock, compartiendo el mismo suplicio: Sentirse observados por el ojo crítico de una gigante detrás de un microscopio.

19 marzo 2013

Iba a empezar a escribir esta entrada con el típico "Me dedico a coleccionar momentos", pero no quiero caer en el lugar común ni en la melancolía que era típica de este espacio.


Y así me quedo sin palabras.

15 marzo 2013

Hoy estoy seco para escribir. 

Llevo dos intentos de publicación y he pasado más de una hora mirando la hoja en blanco esperando a que alguna idea maravillosa llegue a la punta de mis dedos y ésta comience a posarse y tomar forma en cada una de las teclas que serán presionadas una y otra vez para formar un párrafo, que a su vez formará un pequeño relato cotidiano o chaqueta mental que me recuerde lo mucho que me gustaba, por ejemplo, pararme sobre el metro cuadrado de pasto que vive en la azotea de la casa de mis padres, en el jardín donde disfrutaba el aroma de las plantas al acariciarlas. 
Me alejo de mi objetivo principal, me alejo de manera sutil de mi camino trazado, me alejo caminando sólo con la punta de los dedos de los pies, me alejo de manera poco precisa, soltando todo, despertando del sueño donde imagino que caigo entre una espiral infinita, gris. Estoy de vuelta aquí sentado en la misma silla donde comencé a redactar esto, con los ojos inyectados por desvelarme anoche, pensando en que soy pésimo redactando, nunca seré escritor ni algo parecido, sólo hago la mímica de vomitar palabras. 

14 marzo 2013

Recuerdo sus brillantes ojos redondos y el cabello negro y corto, sus dedos largos y su voz. La misma voz que reconfortaba al escucharse, que llamaba al sueño y que seducía lento. 

Tenía la piel hecha un mapa blanco, marcada con todas las historias de todas las personas que la habían tocado y lastimado; tienía la piel llena de historias que acumulaba día a día, que ensayaba, que bailaba, que jugaba entre labios para contársela, cuando llegara el momento, a su primer nieta: reflejo cristalino de sus ojos grandes y su alma cansina. 



12 marzo 2013

En la empresa donde trabajo, hay una señora de limpieza que todos los días pasa ofreciendo golosinas, trae siempre las mismas bolsas: una llena con chicharrones y la otra con una variedad extraña entre golosinas saladas y dulces.

El día que llegó a ofrecer sus productos la miré extrañado, en mi corto periodo laboral nunca había conocido a alguien que ofreciera golosinas de lugar en lugar, con la misma sonrisa impresa en la boca y con el tino para saber qué gustos tiene qué persona; el día que llegó, arrastrada por una de sus compañeras [teníamos unos días de habernos mudado al nuevo edificio] lo primero que me ofreció fue una barra de dulces americanos con colores vibrantes. 

Toda una ola de recuerdos vino a tirarse desde el recuerdo más lejano que pudiera tener de mi infancia. Recordé la casa de mi abuela materna, los juegos en la primara, las maromas que me daba entre las ramas de los árboles del jardín de casa de mi abuelo, las corretizas que nos ponían los perros que vivían cerca de la escuela donde estudié la primaria, mi madre embarazada de mi hermana menor, mi padre y sus heridas en los brazos, mi primer beso, la muerte de mi abuela y de mi tío, mi primer coche, y la primera vez que la miré a los ojos.

En cuanto destapé de forma atropellada el primer cuadro de dulce y lo puse frente a mi nariz para olerlo, recordé todo, y agradecí en silencio, con la nostalgia hecha nudo y viviendo feliz cómo está buenos días en mi cuello. 

Mi madre vendía los mismos dulces de lugar en lugar en la oficina donde trabajaba. Fue una de las etapas más difíciles que hemos pasado como familia y de alguna manera confusa, ha sido una de las etapas más felices que recuerdo de toda mi vida.

11 marzo 2013

Quizás esta racha de tontería se me quite tirándome de algún lado.

08 marzo 2013

Pongo mis lentes a un lado de mi computadora. Para explicarlo mejor: Pongo mis lentes en el lado izquierdo de la computadora que temporalmente me han asignado en el trabajo.

Pongo mis lentes, una mezcla entre plástico, metal y grasa de mi cara que hábilmente se queda guardada entre las pequeñas piezas que los sostienen, en el lado opuesto a mi brazo diestro. Con las posibilidades anuladas en caso de siniestro nos tenemos que bajar rápido porque está temblando.

Se quedan ahí, volteados, junto a la taza blanca que tiene el fondo azul ridículo que se materializa en una pirámide maya cuando tiene café dentro, misma taza que está del mismo lado izquierdo, mismo lado izquierdo, mismo destino en caso de siniestro, vaya casualidad de posición y esperanza.

La mezcla entre plástico y metal espera paciente, apenas desesperada.

06 marzo 2013

Por alguna razón [quizás la rutina que genera la edad], siempre coloco la taza de café entre el teclado de la computadora portátil y la orilla que hace las veces de curva donde plácidamente puedo acomodarme para quedar en el mejor lugar de todo el escritorio que ocupo para trabajar. A veces imagino que de mi nariz caen pedazos de mocos secos directo a la taza, algunas otras veces los imagino rebotando contra el borde de la blanca, desafiando su destino: algún papel arrugado dentro de un cesto de basura de un baño en algún tercer piso de cualquier edificio.

La citada taza tiene un grabado a la mexican style [qué bonito se lee en itálicas]: "Chichen Itzá, Cultura Maya, Cancún, México", presumiendo una serie de rayas acostadas que la hacen de pirámide, con fondo azul, cómo no, para amenizar con el pálido color del instrumento para tomar el agua negra que te regresa a la vida. 


05 marzo 2013

Val.

No se me olvidan esos ojos, ni esa sonrisa perfecta, ni sus palabras acertadas, ni las noches que tocaba manejar hasta el cerro y bajar de nuevo.

De las personas con las que he compartido, no tengo ni la más remota duda [a pesar del cortísimo tiempo que tuvimos juntos], que ha sido el cariño más sincero que he tenido por alguien.
Esta es la entrada 601 de este blog aburrido y personal, 600 posts atrás intenté plasmar las cosas que pasaban por mi cabeza en el día a día.

Sigo pensando que soy un vagabundo que golpea una caja de pizza creyendo que el fondo de ésta es un teclado y la tapa es la pantalla. Todo este juego imaginario se lo debo a la cantidad de grasa que dejo al final del día en todo mi espacio de trabajo, grasa de procedencia no conocida ya que lavo mis manos de manera regular y evito tocarme la cara a toda costa.

A veces creo que sí es real este juego imaginario, que voy colectando cosas para hacerme creer que es mi casa, que esta vereda es mi camino de todos los días, que esta piedra es mi teléfono, esta lata vacía mi taza del café, este periódico de hace dos años mi portafolios.

A veces creo que mi tiempo como vagabundo ya debe estar llegando a su fin en algún hospital, con un par de balas incrustadas entre los ojos.

04 marzo 2013

Hoy traje un ratón a la oficina.