Logramos pasar el control migratorio después de un rato de estar lidiando con mulatos atléticos. Horacio y yo nos sentimos aliviados después de tanto trámite y con la tranquilidad de contar con un seguro médico que cubriría un eventual accidente. (Esta línea la puse por pura mamonería, la verdad es que estábamos despertando).
Nos recibió el calor y la humedad de la isla justo en el momento en el que cruzamos la zona donde nos preguntaron si teníamos ganas de acabar de una vez por todas con la revolución, corrimos por el equipaje a una de las dos bandas que tiene la T3, y salimos a la verdadera Cuba, a la del ron y el tabaco, a la Cuba de la gente culta, la Cuba que me tocó conocer.
Abrazos, presentaciones y este es el amigo que nos va a llevar al departamento que rentaron. Fuimos a cambiar pesos mexicanos por CUC para pagar el viaje a la capital. (es más barato cambiar en la ciudad que en el aeropuerto).
Una de mis primeras impresiones en la isla fue notar la evidente huella soviética: los edificios, el trazado de las calles, la decoración urbana, los ladas, las motocicletas con lugar para otra persona, etcétera. Todo esto mezclado con el olor a caña de la isla, los chevys que se quedaron atrapados en el tiempo, el viento pegándonos en la cara y la música con la que recorrimos la avenida Rancho Boyeros.
Vimos de lejos el memorial a José Martí, seguimos con rumbo fijo a la que sería nuestra casa en la calle I de Vedado. Como traíamos billetes "grandes" tuvimos que comprar un Havana por 7 CUC y despedir al amigo que se llevó un buen bono por el trayecto. Subimos a conocer a nuestra casera. Nos aconsejó no llevar gente a la casa sin previo registro de ID, nos guardó los pasaportes (recomendado por ella) y ya acomodados abrimos la botella, se presentaron ante mi las verdaderas cubas libres y después de un rato de platicar sobre las diferencias del uso del lenguaje y educarnos sobre las palabrotas que no podíamos decir en público, nos aventuramos a buscar un restaurante estatal.