03 enero 2014

De sentarse a escribir.

Estos días me he puesto a explorar las mejores posiciones para sentarme a escribir mi primer libro. Lo he intentado todo: desde quedarme quieto mirando el teclado de mi computadora hasta ponerme de cabeza en mi cama mientras me concentro en no partirme la madre mientras uso una de mis dos manos para escribir con dificultad en el teléfono. Un fracaso, pues.

A veces, cuando llego a casa después del trabajo y de caminar y pensar la trama del libro, me siento en la sala del departamento donde vivo, me quedo mirando la fotografía del abuelo, le platico mentalmente mi día, me distraigo con los libros y madre y media que hay en ese extraño mueble empotrado en la pared, y sigo con el dilatado proceso mental que eventualmente me llevará a escribir un par de páginas del pinche libro. Después de un rato, me levanto, subo a mi recámara, leo el correo de la tarde, saco medio cuerpo por la ventana, respiro el olor de mi novia impregnado en las sábanas de anoche. 

Creo que debería empeñarme en llegar a mi casa y sentarme a teclear como enfermo mental. Hacer lo mismo que hago en mi trabajo pero con otras ideas, otro camino y la mente clara. No voy a escribir un libro si no aplasto las nalgas en mi escritorio de escribir (vaya, qué descubrimiento) y me pongo a hilar las ideas que vengo arrastrando con kilómetros de caminata diaria. Es un pretexto barato decir que estoy cansado y que sufro mucho porque ninguna de las dos cosas es cierta.