25 febrero 2013

Siempre que me siento a entrenarme para escribir bien, descubro un mundo terrible que está ahí afuera esperando a ser narrado. Todo se agolpa en las puntas de los dedos, entre los espacios de las teclas, en el grafito, en la madera de los lápices que utilizo como armas personales en esta guerra contra el vacío de letras.

Supongo que las ideas permanecen dormidas, que descansan plácidamente hasta que un golpeteo regular las despierta y se alistan todas con sus mochilas y provisiones por si pasan penas en el viaje. Seguro muchas de ellas quedan perdidas entre garabatos, teclazos y dibujos que regularmente terminan distribuidos en cualquiera de las dos libretas que utilizo para hacer los apuntes del día.

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