El día que llegó a ofrecer sus productos la miré extrañado, en mi corto periodo laboral nunca había conocido a alguien que ofreciera golosinas de lugar en lugar, con la misma sonrisa impresa en la boca y con el tino para saber qué gustos tiene qué persona; el día que llegó, arrastrada por una de sus compañeras [teníamos unos días de habernos mudado al nuevo edificio] lo primero que me ofreció fue una barra de dulces americanos con colores vibrantes.
Toda una ola de recuerdos vino a tirarse desde el recuerdo más lejano que pudiera tener de mi infancia. Recordé la casa de mi abuela materna, los juegos en la primara, las maromas que me daba entre las ramas de los árboles del jardín de casa de mi abuelo, las corretizas que nos ponían los perros que vivían cerca de la escuela donde estudié la primaria, mi madre embarazada de mi hermana menor, mi padre y sus heridas en los brazos, mi primer beso, la muerte de mi abuela y de mi tío, mi primer coche, y la primera vez que la miré a los ojos.
En cuanto destapé de forma atropellada el primer cuadro de dulce y lo puse frente a mi nariz para olerlo, recordé todo, y agradecí en silencio, con la nostalgia hecha nudo y viviendo feliz cómo está buenos días en mi cuello.
Mi madre vendía los mismos dulces de lugar en lugar en la oficina donde trabajaba. Fue una de las etapas más difíciles que hemos pasado como familia y de alguna manera confusa, ha sido una de las etapas más felices que recuerdo de toda mi vida.
1 comentario:
Te leo, me gusta.
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