Nos moríamos de sueño en el taxi que nos llevaría al aeropuerto, era tal el cansancio que no notamos el momento en el que cruzamos la calzada Zaragoza ni la zona de caos del metro Pantitlán, simplemente llegamos a la zona de internacionales de la Terminal 1 y prestos llegamos a procurar nuestras caras desganadas. Después de lavarnos los brazos y quitarnos las lagañas de la noche que todavía no terminaba, comenzamos a preguntar por el módulo de Cubana de Aviación SA. Quedaba hasta el final del pasillo donde nos dejaron y a trotar, que se nos hacía tarde para documentar maletas, comprar la visa, llenar los formatos de migración y pedirle a todos los santos que el vuelo no se retrasara como había estado pasando días antes, según nos enteramos por las noticias.
Documentamos, nos quitamos los cinturones, monedas, cables, pasaportes y cualquier cosa con metal para poder pasar a la zona donde nos aíslan del mundo y se convierte, paradójicamente, en zona internacional. Usamos el tiempo que nos quedaba en ir a desayunar algo a vuelos nacionales, (porque sale más barato y qué oso pagar unos pinches huevos de 200 pesos) y también comprar alguna que otra madre para el camino.
Estaba angustiado, realmente angustiado porque un día antes me habían cortado la línea de entrada de mi teléfono, según por pasar mi límite de crédito. Un día antes me armé de un teléfono de chiclitos y con ese pude hacer un par de llamadas para avisar que ya me iba y gracias a la red libre que hay en el aeropuerto pude comunicarme con Sara para decirle que la quería mucho, que confiara y que ya me iba por cigarros.
Fieles a nuestra costumbre corporal, tuvimos que hacer comunión a las ocho de la mañana en los baños de nacionales, estábamos un poco apurados porque el boleto estaba marcado para abordar las 8:15 y nuestro vuelo se supone despegaría a las 8:45.
No satisfechos, tuvimos que correr de nuevo a nuestra sala en internacionales, sentarnos a ver qué era lo que pasaba y preguntarle a una de las asistentes de Cubana el por qué del retraso. "Es común", nos dijo.
Dieron las nueve de la mañana. Hubiera tenido el tiempo perfecto para ir a pagar mi línea, llamar más tiempo con Sara y poderme despedir a gusto de mi gente, pero no se pudo, teníamos que esperar, que el vuelo que iba hacia Estados Unidos en la sala contigua era prioritario y que el avión de Cubana no se podía acercar al avión de American, eternas disputas entre lo que es bueno y lo que no.
Los pases de abordar los traía yo porque a Pino se le ocurría perderlos en cada mostrador. Los presentamos, abordamos, nos sentamos en lugares distintos y no perdimos oportunidad para divertirnos con los comentarios racistas de una gringa que se quejaba de los japoneses y su necesidad de detener la fila de gente para poder meter su equipaje de mano en el maletero.
Fue un viaje relativamente tranquilo, el desayuno fue un pan con jamón, galletas, café con crema francesa y una mantecada riquísima, todo esto acompañado con las instrucciones en inglés y español salidas con tono cubano de las bocinas internas del avión.
He tenido aterrizajes complicados, muy complicados, con lluvia, con la pista congelada, con muchísimo viento, con neblina, etc. No sabía que aterrizar un avión ruso fuera tan difícil. Nos fuimos de pique hacia la pista de aterrizaje y por poco nos damos en toda la madre, vimos clarito cómo nos íbamos hacia adelante y que apenas en unos segundos, el piloto pudo aterrizarlo. Todavía no entiendo por qué pasó eso si no había corrientes de aire, ni calor para quitarle estabilidad al avión, ni neblina, ni nada. Aplaudimos.
Pasamos por migración, que la foto, que las huellas, que la seguridad de La Revolución, que el seguro de gastos médicos, que si teníamos ideas en contra de Castro, que el castigo del 20% al dolar, bienvenidos a Cuba.