La primera impresión que tuve fue de desconfianza; la aerolínea no tenía en funcionamiento su sistema de compra de boletos por internet (oh, ironía) y tuve que ir a comprarlos en efectivo a sus oficinas en Polanco. Todo esto creó una serie de eventos desafortunados que me llevaron a cancelar mi tarjeta de débito, pedir una reposición inmediata y hacer mil trámites antes de poder sacar mi humilde dinero del banco. Salí con la mirada apuntando a todos lados, con la mano derecha protegiendo mi bolsillo del pantalón y con la otra mano resguardando el folder con los pasaportes y la dirección de la casa que habíamos visto unos días antes. (De la cual platicaré en el siguiente post).
La espera duró un mes exacto, con todas las dudas en el aire, sin saber si habían capturado bien nuestros nombres en la oficina de la aerolínea y sin un boleto de abordar impreso en las manos, nos subimos al taxi que nos llevaría al aeropuerto, justo el 28 de marzo a las 4 de la mañana.
Una noche antes, para hacer las cosas bien, pasé a ver a Sara, platicamos un rato, nos confiamos el uno al otro la estabilidad de la relación, nos abrazamos y besamos tanto como pudimos, y la dejé, con un nudo en la garganta, en la barra de la cafetería donde trabaja. Enseguida le llamé a Horacio, pasé a comprar las cosas que hacían falta para nuestro viaje, y llegué a mi departamento para terminar de arreglar la maleta que me haría compañía cinco días, con sus noches.
Esa misma noche, fuimos a cenar tacos para celebrar nuestra última comida mexicana en días y regresamos a su casa caminando con los nervios previos al viaje, platicando tonterías por la calle vacía, preguntándonos quién de los dos está más pendejo, sintiendo las cosquillas que lo inexplorado te causa en la punta de los dedos.
Apenas pude dormir un par de horas, después de intentar desbloquear teléfonos para poder usarlos sin la guillotina de los planes de postpago mexicanos, cosa que no sucedió. Él no durmió, dejó para el final su maleta y preparar algunos regalos que tenía que hacer. Pedimos un taxi a un sitio cercano y esperamos a que el reloj avanzara.
El taxista fue puntual. A las cuatro de la mañana en punto partimos con los ojos hinchados, el cabello sucio y las maletas llenas de ropa y regalos a nuestro viaje. Al gran viaje a La Habana.
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