Cuando era pequeño, mi mamá preparaba café para todos, a veces uno se quedaba con ganas de un poco más, a pesar de que todos se lo hubieran acabado y la mesa estuviera ya vacía.
Años mas tarde ese mismo café me sirvió como fiel seguidor de reencuentros, de pláticas con exnovias y retornos felices que durarían para siempre, bajo el cobijo de los libros y la música que nos regaló tantas veces Fernando Delgadillo. Ese mismo café que mastiqué por primera vez en una salida a campo y que se impregnó en el sabor de mi boca durante varios días, es el mismo que me recuerda que alguna vez lo tiré entre los vasos sucios de la cocina de otra exnovia, que amablemente preparó para reponerme de la noche llena de sorpresas que habíamos pasado, desafortunadamente me descubrió haciendolo.
Hoy:
-Amor, ya es hora.
-¿qué hora es?
-las cuatro y media.
-ahhhmmm, no quiero.
-debes, tienes examen cariño.
-ya, ya me levantaré, dame unos minutos más.
Se supone que alguno de los dos debía preparar el café. El primero que se levantara y le quitara las cobijas de encima al otro era el que mandaría al que se quedó acostado a poner el agua.
en este preciso momento: Un libro de probabilidad, una taza de café con el escudo unam, un bolígrafo Blanc Mont y de fondo la computadora de la oficina.
Café, para ti.
1 comentario:
codazo codazo, hay que levantarse amor, con susurro y todo, con mi monopolio de cobija jo jo jo.
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