No llegaste a tiempo, como es tu costumbre, estuve esperando más de dos horas, hasta que por fin te dignaste a llamarme por teléfono, me dijiste que habías reservado una habitación en un hotel de tlalpan y ahí voy, como pendejo sorteando coches para llegar a tu encuentro, para que llegara aventado gente en la entrada y el elevador y como loco sudando tocara la puerta, me abrieras con rostro inmutable, con tu típica cara que es exactamente la misma aún cuando te muerdo los pezones, con esa rabia que desde tiempo atrás traía por querer hacerlo. Estás hueca por dentro, ni el calor que se queda guardado entre las sábanas sirve para calentarte el vientre, siempre me he sentido mal por haber puesto mucho de mi, haber pagado tanto tiempo y dinero para obtener un hasta luego y al final siempre lo mismo...
El silencio que ahora me rodea entre sonidos de perros andaluces y ruinas de Don Juan,
mis manos se han cerrado, el ácido de tu aliento me llena la cabeza de imágenes de sudor que viene de la desolación, del estúpido puente que forman tus piernas y que me haces cruzar a cada tarde, de las lágrimas, de los colores del sol, de los pasos sin camino y de los vestidos sin cuerpos.
De imágenes que tocan la puerta de mi cuarto, por las tardes de gris y notas en sol.
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