06 julio 2006

Gallera.

Con la mejor de sus esperanzas puestas en el gallo que cuidó por más de cuatro meses, el Coronel agarró las patas del animal y le amarró las navajas, lo hizo con la misma naturalidad con la que lo sujetó tantas veces a alguna pata de su cama, era por seguridad, le decía a su esposa, por que los chamacos podrían entrar por la noche y robarse al gallo haciendo el mayor de los escándalos y ellos no se hubieran dado cuenta. Alguna vez, después del regreso del coronel de la guerra civil, el tiempo pintaba mal y llovió como nunca antes, la casa completa se hubiera hundido si el agua no hubiera mojado el trasero del Coronel que dormía a brazo suelto en su hamaca de verano y con un salto al suelo despertar a su mujer, que a pesar de los gritos del Coronel seguía plácidamente dormida entre girasoles y recuerdos de sus tiempos en el bananero.

Terminó su rito de navajas y recordó la manera de levantarse, que había comenzado a practicar después de que su esposa lo convenció de que se podía vender el reloj de pared por lo menos en cuarenta pesos, tomó a su gallo y mientras escuchaba el ruido ensordecedor que venía del coro de muchachos a los que tiempo atrás había prometido regalarles el gallo, tomó valor, con una mueca le avisó al juez que estaba listo, y antes de soltar al gallo entre la arena y la sangre de las peleas anteriores, le advirtió:

-Si no ganas bonito, tendremos que seguir comiendo de tu maíz

El gallo emitió un sonido similar a una súplica y recordó lo que le había dicho su mujer, que prefirió quedarse en casa para no ver cómo otros se hacían ricos mientras ellos apenas apostarían por otro costal de maíz de Neerlandia para seguir alimentando al que ahora suplantaba a su hijo, pensó que no era más que un gallo y que nunca podría hacer sonidos humanos, a los gallos se les trata como gallos.

Cierren las puertas señores.

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