11 agosto 2006

Lorena.

Mi amada esposa, la mujer de planta en este peregrinar de amores, sueños y amores que se han quedado en el cíclico pasado y que siempre se olvidan, cuando no tengo más que ofrecer voy a sus brazos y siempre me cobijan entre cantos, flores y besos.

Recuerdo cuando la conocí, fué en la facultad, estudiabamos Economía y afortunadamente la mayoría de las clases las cursamos juntos, con ella tuve mi primer amor, con ella tuve mi primer hijo y fue ella de quien me enamoré perdidamente hasta el grado de llevarla a vivir a mi departamento, olvidando así los problemas con sus padres.

De conocernos tenemos unos 16 años, cuatro de romance y miel, otros cuatro de sexo desaforado y caricias obcenas, los otro ocho los hemos dedicado a desconocernos el uno al otro, a veces suelo despertar con suspiros y caricias que ella me dedica, me hago a un lado y le pregunto que por qué no va a preparar el desayuno, que se le hará tarde para ir a dejar a los niños al colegio.

En alguna ocasión, cuando todavía estaba dormido, ella se despertó muy temprano a preparar todo, incluídos los enanos, para pasar una linda mañana conmigo, tuve que llamarle a Sofía -mi amante en turno de ese entonces, ¡Qué caderas!- para avisarle que no iría a desayunar con ella, que apurara su trabajo para escaparnos en la tarde a la casa de sus papás...

Hace rato le llamé, dice que no le tocó el sismo... A mi se me doblan las rodillas, Ella me escribió.

1 comentario:

la_luminosa dijo...

que caderas!