Estaba sentada justo a mi lado, hacía un calor de la fregada, el conductor del microbús estaba empeñado en darle en la madre a cualquiera que se le pusiera enfrente (o a un lado) y yo seguía con mi libro de Saramago, se me ocurrió preguntarle la hora, forma habitual de hacerle charla a un extraño, me dijo que no tenía reloj y le agradecí, me dibujó una sonrisa y los dos miramos cuando el conductor se detuvo y dejó que abordaran dos sujetos, un gordo con barros en la cara y el otro chaparro, carícatura de lo que él mismo podía ser, uno de ellos tenía una pistola en la mano, ella buscó mi mano entre la oscuridad del momento y se pudo escuchar un suspiro generalizado, como si todos estuvieran acostumbrados a tal situación, como acto de separación eterna con la sociedad que me envuelve, abrí mi libro en la página en la que me quedé y le dije a la muchacha que se calmara, le recordé que no tenía reloj y a juzgar por su falta de accesorios, pensé que no portaba más que unas monedas para su siguiente pasaje y eso era todo, ella suspiró y un temblor llenó su cuerpo, ahora temeroso de ser ultrajado, le di una palmada con la mano que me quedaba libre y se relajó un poco.
Justo antes del momento de ser explugados, me levanté, tomé El Hombre Duplicado por el lomo y se lo extendí al ladrón, él, sorprendido del gesto poco común, dejó la pistola a un lado y lo tomó como cuando tomas por primera vez algo completamente desconocido, con esos mismos ojos que se ponen cuando se está enamorado y te das cuenta que el tiempo ha pasado muy rápido y es hora de recuperar cosas perdidas...
Ella tomó la pistola, primero apuntó al conductor, con un gesto, le ayudé a ser menos pesada su decisón y disparó, fué un disparo certero, en la cabeza y sin dolor, el conductor lanzó al aire una última mentada de madre mientras ella le disparaba y así quedó, sentado, con el pie aprentado el pedal de freno y con las manos en el volante.
El otro ladrón le gritaba al primero que no fuera pendejo, que el conductor estaba muerto y que ahora no tenían más remedio que salir del microbús corriendo, como dos ratas huyendo a su nido, ella me dió la pistola, y con manos temblorosas me afirmó que nunca había matado a nadie, yo no pude decirle nada, no recodaba cuando fué la última vez que le había disparado a algo vivo y en sus ojos brilló una luz extraña, de mucha confianza y de gente conocida.
Primero apunté a la espalda del segundo, disparé y el muchacho se derrumbó sobre el asfalto de la avenida Chimalhuacán, en ese momento pasaba un camión con ruta a Ciudad Alegre y le pasó por la cabeza, el premio por la materia gris de una persona en las llantas de tu vehículo siempre se puede firmar con un "Regalo de Dios" en los guardafangos de tu unidad, el camión pasó de largo y ella, con toda la delicadeza de una reina inmaculada, tomó por el pié el cuerpo del ahora sin vida y lo arrastró a la banqueta, previa ayuda mia, en ese momento, el primer ladrón yacía sentado en una de las bancas del camellón y nos miraba como un niño mirando un juguete demasiado caro para sus padres, ella tomó la iniciativa y se sentó a lado suyo, le acarició la entrepierna y le susurró al oido que todo estaría bien, él dibujó una sonrisa y fué mi turno de acercarme a él.
Del otro lado de la banca, donde la luz no daba tan fuerte, tomé asiento y encendí un cigarrillo, ella seguía acariciandolo, ahora con las dos manos y con el escote desabrochado, miré al ladrón y le acaricié la nuca, puse una de las manos de ella en mi entrepierna y ahí la teníamos: arrodillada ante nosotros y a completa disposición de cualquiera que se atreviera a acercar, tomé el mango de la pistola con la mano izquierda y le tiré un golpe a ella, inmediatemente quedó postrada ante él y no había escena más bella que esa, decidí levantarme nuevamente y apuntar lentamente a el culo de ella, disparé y emitió un gemido de placer, arañó entre la mezclilla las piernas de él y con gala de asesino, le pegué un puñetazo en la nariz al tipo, no respondió, se quedo inmovil y de sus labios escuché la súplica de que lo matara, pensé que era correcto hacerlo, no sin antes meterle el cañón a la boca y ver las gotas frías de sudor recorrer su piel, llena de tantas impurezas como su propia alma, accioné el gatillo y un calor indescriptible llenó mi rostro, le tomé el brazo y le arrebaté el libro.
No cabrón, con Saramago no se juega.