Me saludó de manera muy familiar, como si la conociera de siempre y de manera particular como si ya hubieramos experimenado algo más que caminar juntos o compartir una buena cena. Noté que tus ojos tenían ese brillo especial de la gente que me arranca las satisfacciones sin limitante y mil y un explicaciones alabadoras. Se sentó a dos lugares de mi butaca, leía un texto de autosuperación o algo igual de nimio y me preguntó que qué hacía de la vida, le conté y enseguida me extendió su mejilla para saludarme. XXX mucho gusto, ¿y tu?. Oscar, econocomputolocomonunicolocutor, muchísimo gusto.
-Acá debería ir una explicación de una clase increíblemente buena, pero bah.-
Terminó la clase y los dos salimos dandonos en las espinillas con las paletas de las bancas mal diseñadas del salón que está en el edificio del gimnasio de la escuela. Esta vez yo le ofrecí la otra mejilla y buenas tardes, nos vemos después.
Otros días nos hemos estado encontrando y como amigos de toda la vida y piquete en el ombligo platicamos del tema intrascendente del día mientras esperamos a que nos abran las puertas para tomar la siguiente clase del taller y poder enviarnos mensajes entre líneas.
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