Acabo de tener uno de los sustos más grandes desde que vivo en el cuarto que está en la azotea de mi casa: Se brincó un gato güero.
Escuché clarito cuando aterrizó en el suelo, habrán pasado dos o tres segundos cuando vi una cabeza de gato güero asomarse entre la pared amarilla y la puerta blanca de metal. Ahí estaba, mirándome con sus pupilas dilatadas.
Habrá durado poco el enfrentamiento, un parpadeo y ya no estaba, se fue corriendo a la lavanda para tomar impulso y brincar a la azotea de la otra casa y seguir brincoteando como hacen todos los gatos güeros, pero falló en su intento y nada más la quebró. En su intento desesperado por escapar de mis gritos de homínido alfa, pegó de brincos en otros lados de la azotea, rompiendo más plantas y fallando su escalada. Aún no entiendo cómo logró bajar y no poder subir.
Finalmente encontró la salida corriendo hacia mi, vio una escalera escondida, la trepó y salió airado por el tejado donde está el tanque de gas, echó una mirada atrás y caminó con desprecio. Me dejó con el corazón acelerado y un par de gritos ahogados en la garganta.
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