Mientras agitabas el brazo entre el espacio del marco y la hoja de la puerta las horas retrocedían y en el baile de las manecillas nos encontrábamos tomando café o platicándo sobre la maravillas que se dibuja cada noche en un cielo despejado y una luna tranquila, mientras escuchamos en el viejo radio de mi coche la interferencia de la amplitud modulada, pensando en la infinidad del asombro humano y la finita estupidez.
Y con un sonido seco se cortó el contacto, y todo terminó instantáneamente.
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